Fuego... ¡Fuego, fuego!
Es lo único que se veía entre las angostas calles de Athlum. La guardia de palacio junto a los recién llamados soldados propios de la más alta élite recorrían freneticamente cada palmo de las empedradas y mojadas calles de la fatídica ciudad.
- ¡MALDITA SEA, NO HA PODIDO EVAPORARSE, ENCONTRADLA, ENCONTRADLA, APRISA! - Bramaba el capitán de la guarnición, encargado ahora de la prioritaria e improvisada misión: Encontrar a la princesa. El capitán Ramos no paraba de pensar y escudriñar sus recuerdos en busca de algún fallo, por ínfimo que pudiese ser. Pero no, no lo encontraba. El protocolo de seguridad de Athlum había permanecido intacto durante décadas, sin que ninguna brecha pudiese haberlo puesto entredicho.
Era una velada como cualquier otra, reunión de la alta nobleza, los más destacados burgueses de la ciudad y por supuesto, la corte. A decir verdad la princesa era famosa dada su lascívica actitud. No se dejaba regir por lo politicamente correcto, por las apariencias. Hacía lo que quería, cuando quería, y con quién le placía. Esto último le había llevado en más de una ocasión a delicadas situaciones diplomáticas las cuáles sin embargo resolvió haciendo uso de aquello lo que le presentó el problema... Su pelo era negro azabache, largo, liso, lacio... Acariciarlo seguramente sería lo más parecido a acariciar las alas de un ángel. Su figura, vertiginosa, instaba a evadirse y soñar con la maravilla que supondría el perderse entre tan bien formados pechos, tan perfecta silueta, tan maravillante figura... Mirarla a los ojos era morir en vida, sucumbir al inigualable encanto de esos ojos, de mirada dulce, color miel, delineados constantemente con negras líneas las cuáles los estilizaban más aún. A decir verdad poco se podía decir de la princesa de Athlum, musa de innumerables personalidades de la poesía y teatro de la época. Era la belleza personificada, la perfección hecha mujer. Y la lujuria en manos de la más adecuada y a su vez menos recomendada persona.
Las posibilidades que se barajaban iban desde un secuestro de mano de algún degenerado o necesitado sexualmente hablando -Cosa harto improbable dada la seguridad del palacio.- hasta el acto del rapto de mano de un espía de algún país vecino en guerra, buen método para recaudar mucho dinero en poco tiempo, por descontadas las concesiones de tierras y demás menesteres que serían necesarios para la liberación de la princesa.
En la mente del capitán Ramos discurrían todas estas y más posibilidades. Las iba comentando con el general de guardia, de forma acelerada, dando órdenes de forma frenética a sus subordinados, aunque eso sí, siempre de forma planificada. Con la cabeza fría, aunque con el corazón ardiendo. A decir verdad el general Ramos siempre estuvo enamorado de la princesa. Y ella lo sabía, y lo utilizaba para su propio beneficio, beneficiándoselo precisamente para conseguir ciertos favores como su premeditada desatención durante algunas noches. Esto era contraproducente para el general, aunque sabía que de una forma u otra lo conseguiría, y lo que a cambio le ofrecía, aunque no tuviese compromiso alguno, ya era más de lo que él pudiese llegar a aspirar.
A decir verdad los únicos que la echarían en falta serían sus amantes, puesto que era arrogante, despótica, consentida, caprichosa... Vamos, una perla de persona. Pero adorada, anhelada y deseada por muchos, y muchas...
Entre tanto, una negra figura se movía rauda y veloz a traves del espeso follaje del bosque, que no sólo se desarrollaba en la copa de los árboles, ni mucho menos. Salida oeste; desde hace ya bastante tiempo el ala oeste del reino quedó descuidada, la culpable, la alianza, o más bien adhesión que sufrió el reino de Celapalais. La princesa no podía más que patalear, blasfemar y tratar en vano de zafarse de su raptor, el cuál sólo la dejó en el suelo al llegar a un claro, en medio del bosque. Sin ninguna señal de camino alguno. Todos borrados por el tiempo, encubiertos por la vegetación, iluminado ese pequeño círculo exhento de naturaleza por la luz de la nueva luna que en el cielo se alzaba, inmensa, inmaculada, preciosa.
El joven, ataviado con una larga gabardina de cuero, de la cuál prendían numerosas cadenas que al chocar entre sí y gracias a la suave brisa producían un leve tintineo muy característico. Ramitas y hojas secas cedían y daban sonido al pesado sonido de sus pasos. Sus botas podrían calificarse como mínimo de portentosas. Era dificil imaginar semejante habilidad y agilidad con ese tipo de calzado. Ella sin embargo iba con un largo vestido de noche, insinuante cuanto menos, con un enorme escote. A pesar de todo el trajín que ello suponía y como bien se citó con anterioridad, se desenvolvía perfectamente a pesar de tan fragil paquete.
- Estarás contento. Te acabas de condenar a la horca, o algo peor, patán... - La joven ladeó el rostro con el único fin de colocarse bien su flequillo, sin abandonar sus aires de grandeza. La reacción del joven no fue otra que lanzarse literalmente sobre ella, estampándola contra el árbol más próximo, extendiendo ambas manos y colocándolas a ambos lados de la cabecita de la princesa. - Creo que no estás precisamente en condición de negociar, y mucho menos de mostrarte con tu carácter habitual... Dafne...
- La princesa frunce el ceño, profundamente indignada, haciendo amago de golpear la entrepierna del joven con su rodilla, pero este la ve venir, deslizando la mano zurda hasta abajo, asiéndola por debajo de la rodilla, siendo él quien adelanta la rodilla diestra, dejándola entre las piernas de la evidenciada princesa. - Ándate con cuidado, pequeña. Y ahora vamos. - La cogió de la cintura, echándosela al hombro, cual saco de patatas, lo que hizo aumentar más aún la rabia e impotencia. - ¿Dónde coño me llevas? - Inquirió de mala gana, propinando una patada en la espalda del joven, quién cerró los ojos, deteniéndose en seco. - Vuelve a hacer algo así y te arrepentirás lo que queda de trayecto.
Ella, como era obvio, volvió a golpearlo, con más fuerza aún. La reacción de éste fue agacharse, tirándola hacia delante, dejándola caer sobre la empapada tierra, dejándose caer él también, de forma inquisitiva, apoyando una mano a la altura de su pecho, y la otra, en su pecho propiamente dicho. Una de las rodillas quedó entre las piernas de la joven, la otra quedó a un lado.
Le pesase a quien le pesase, el joven, era atractivo, es más, toda esa mala hostia e imperatividad era algo que llevaba mucho tiempo buscando pero que nunca nadie le había podido ofrecer a la pobre princesa, pues todos sucumbían a sus encantos y quedaban anulados y sometidos. Nadie le plantó cara ni la domó nunca. Ella trató de ocultar su gratificante sorpresa, mostrando enfado e indignación, ambos sentimientos falsos, abofeteando con fuerza al joven, el cuál no hizo más que esbozar una tétrica sonrisa. Pronto hundió el rostro en el cuello de la princesa, mordiéndolo con fuerza, alzando una de las rodillas y asiendo su pecho con fuerza. Ella no volvió a hacer amago de pegarle, sino que cerró el puño, apretando con fuerza la arena que entre su delicada mano quedó, evitando exhalar un suspiro. - Hijo de la gran puta... - Murmuró, con la voz entrecortada. Seguramente por el cansancio, no por ninguna otra cosa... O eso quería hacer aparentar. Mucho, mucho aparentar, pero Axel bien sabía con quién se las gastaba, y asimismo el como tratarla.
Se levantó despacio, tendiéndole la mano, aunque la orgullosa Dafne la rechazó, mirándolo con recelo y poniéndose en pie como buenamente pudo, cagándose en sus muertos por el desastre que había echo con su preciosísimo y caro vestido. Éste se tomó la libertad de tomarla por la cintura, andando a paso ligero. En cuanto ella volvió a hacer amago de gesto amenazador este remangó ligeramente, lo justo y necesario su gabardina, dejando ver un cinto repleto de todo tipo de armas blancas, que brillaron casi con la misma intensidad que con la que brillaron sus... ¿Colmillos? A la luz de la luna. Fue un detalle que sorprendió a la joven. A decir verdad los sintió bastante, quizás demasiado... Prefirió no darle mucha importancia. Durante el resto del camino ella permaneció reacia a entablar conversación o contacto visual, a pesar de que sintiese una enorme atracción por su persona, tan carismático y místico caracter y... Tal vez algo más.
No se demoraron mucho antes de quedar parados ante una imponente catedral de estilo gótico. Y... Sí, en medio del bosque... - Esta es la catedral de Elysion, princesita Dafne. - Esta vez no hizo amago ni de replicar pues estaba ensimismada en la oscura belleza que destilaba aquella magna construcción.
- Dios mío... Es... Precioso... ¿Pero qué coñ...? ¿Aquí, qué pasó, qué...? - El la calló comenzando a hablar. Al parecer no le molestaba tanto su presencia, ni el hecho de que hablase, le gustaba su voz, melosa, mística... - Es lo único que quedó tras una gran guerra entre Athlum y Celap... Bueno... - Se encogió de hombros, empujando la pesada verja que daba paso al enorme y tétrico jardín que anunciaba la entrada a tan imponente obra de arte. - No quiero aburrirte con historia. Pasa. - Pateó con desmedida fuerza y violencia el portón, que se abrió con un crujido. - Creo que le hace falta un poco de aceite. - Comentó, cerrando tras la joven, que entró, aún presa de toda la bellaza que irradiaba semejante obra.
- Quédate aquí. - Le susurró estando tras ella, habiendo llevado ambas manos a su vientre, dejando tras ese susurro en su oído una notable ausencia de calidez. Supuestamente debería de haber sentido su aliento, aunque no le dió demasiada importancia, aún estaba embelesada. Aunque no tardó mucho en salir de su asombro. - Eh... ¡Un momento, ¿Qué coño pinto aquí?! ¡Exijo inmediatamente que me saques de aquí, maldito lunático hijo de la gran...! - Un chasquido hizo iluminar toda la estancia en su totalidad. El techo, lleno de mosaicos y motivos propios del estilo de la estructura ensí era parcialmente iluminado por las escasas velas que aún quedaban en las lámparas de araña que del techo prendían.
Él, se encontraba recostado sobre el marmóreo altar. Mirándose las uñas. - ¿Qué, ya? - Inquirió con desdén, con un tono bastante borde. - ... ¿Qué quieres de mí...? - Al parecer comenzaba a resignarse. Le llegaba cierto olor, provenía del torreón. ¿Incienso? Se acercó a él, instintivamente, le pesase a quien le pesase... Le resultaba terriblemente tentador, a pesar de deber odiarlo como a pocos había odiado...
- ¿Alguna vez has oído la expresión "Darse un baño de sangre" o "Bañarse en sangre"? - Preguntó de forma retórica, refiriéndose a las típicas consignas de fervientes guerreros en el campo de batalla. - Pues yo te propongo eso mismo, aunque sin una connotación violenta... O no tanto. En el amplio sentido de la expresión, literalmente, vamos. - Sonrió de medio lado, dejando ver su colmillo. Ella tragó saliva de forma precipitada, cuando se quiso dar cuenta el vampiro la había cogido en brazos, habiendo comenzado a bajar por unas maltrechas y metálicas escaleras de caracol. Abajo, tras una gruesa puerta de madera se extendía un largo pasillo empedrado con antorchas cada metro y medio. Parecía ser como si a Axel no le agradase en exceso la luz. Poco a poco comenzaba la muchacha a entender dónde se había metido. En cierto modo le gustaba, le tentaba... En otro, aunque en menor medida, le asustaba.
Al llegar a la segunda y última puerta ya se podía notar un dulzón aroma. Entró, dejándola recostada sobre un sillón revestido de rojo cuero. La enorme habitación estaba decorada con muebles de época, un par de sillones, un sofá y poco más a decir verdad. Tenía aspecto de no haber sido usada en mucho tiempo. Lo que más llamaba la atención, de lejos, era el centro de la estancia, una especie de improvisada piscina repleta a rebosar de un extraño líquido rojizo... No podía ser verdad... Aquello no podía estar ocurriendo, no... No, definitivamente no.
Axel se acercó a una polvorienta estantería, de la que cogió una metálica cajita. - Ve desnudándote. - Ordena, imperativo. Ella arquea una ceja, incrédula, echándose a reír poco después. - Oh, por favor... ¿Realmente pretendes... Que...? - Poco a poco su voz se ve silenciada por la cercanía del vampiro, quien inexplicablemente pasó de un extremo al otro de la habitación en cero coma. - He dicho, que te desnudes... - En esa ocasión su voz tornó oscura, amenazante. Ella no pudo articular palabra, se limitó a escupirle a la cara, algo que desató su ira, aferrando con la diestra el costado de la joven, tirando con desmedida fuerza para arrancarle el vestido, literalmente. La reacción de la muchacha fue el de cubrirse los pechos, pese a aún llevar ropa interior. Ropa de la que también despojó, aunque en esta ocasión algo más exhaltado, ayudándose de sus perfectos colmillos, habiendo asido las muñecas de la muchacha con sus propias manos y habiéndolas puesto contra la pared. - Shhh... Si buscas respuestas en aguas revueltas te puedes ahogar... - Susurró al ver como iba a preguntar lo que el suponía.
Las mejillas de la princesa Dafne tornaron rosadas, ladeó el rostro, mirando hacia otro lado al ver como Axel esbozaba una lascívica sonrisa. Efectivamente, los pezones de la princesa estaban erectos, y no era por el frío de la estancia precisamente, ya que al tratarse de un sótano y haber vegetación encima el clima y temperatura era bastante agradable y propicio...
- Vaya, vaya, vaya... Así es que actuo en contra de tu voluntad, ¿Verdad, Dafne?
- Princesa Dafne para ti, escoria... - Respondió aún con la mirada desviada, aunque no por mucho tiempo, ya que Axel tomó su barbilla entre los dedos pulgar e índice de su mano zurda, estableciendo contacto visual. - Tu lengua dice una cosa, pero tu cuerpo dice otra...
- Tengo frío... - Susurró, tragando saliva de forma precipitada.
- ¿Seguro...? - Sonrió de medio lado, llevando la mano libre a su pecho, acariciándolo despacio, con el dorso de la mano, haciéndola estremecer.
- Estate quieto... Es frío, bastardo...
- Vamos a verlo. - Su sonrisa se hizo más amplia aún, dejando que los rayos de la luna que se colaban por una de las escuetas ventanas del lugar reflejasen sobre sus colmillos, ahora sí, más que visibles y patentes. - Aprovecha, pues no serán muchas las veces que me veas postrado ante ti, sea cuál sea el menester por el que lo haga... - Se deslizó despacio, hacia abajo, clavando ambas rodillas en el frío suelo, deslizando las manos por todo el costado de la princesa, dejando una suave e insinuante caricia tras estas hasta al fin llegar a su cintura, asiendo su ropa interior, negra, de encaje con dos dedos por mano. La princesa cruzó las piernas de inmediato, como acto reflejo, mordiéndose el labio inferior, algo de lo que se percató Axel, y de lo que ella tomó consciencia demasiado tarde.
- Abre las piernas. - Vuelve a ordenar el vampiro, imperativo.
- Há... ¿Es una advertencia...? - Dice con prepotencia y aires de grandeza.
- No, es una amenaza. - Una tétrica sonrisa se dibuja en su rostro, haciéndola volver a morderse el labio, abriendo las piernas, resignada. Sintiendo el como poco a poco la única prenda que la vestía caía, empapada, en el suelo.
- Ahá... Así es que... ¿Frío, verdad...? - Dafne frunció el ceño, mitad indignada, mitad avergonzada, extendiendo una de las piernas con el fin de patearle la boca, aunque nuevamente, el vapiro reaccionó a tiempo, asiendo su tobillo y manteniendo la pierna en alto, alzándose y colocando su rodilla sobre su desnudo sexo, apretándola con saña, haciéndola alzar la testa, y no de dolor precisamente. - O te moderas... O te modero. ¿Comprendes?
Ella le mira con patente odio y rencor. - Me las acabarás pagando, hijo de perra... ¿Se puede saber qué coño quieres de mí...?
- Es simple, princesa. Quiero bajarte esos humos, esos aires de grandeza. - Se desvistió con exquisita sutileza y gran sensualidad, tirando a un lado tanto su gabardina, como pantalones, como camiseta y ropa interior. - Exijo venganza, aunque no en el estricto sentido de la palabra. Verás... - La cogió en brazos nuevamente, esta vez ni hizo amago de evitarlo. Se dirigió hacia los escalones que llevaban al fondo de la improvisada piscina, no tendría más de metro y medio de profundidad. Una vez dentro, la dejó en el suelo. Ella cerró los ojos, embriagada por el aroma de la sangre, por la situación vivida.
- Mi padre fue una de las víctimas de tus encantos... Y lo mataste, de desconsuelo. Él no se lo merecía, él era mi viva imagen. Él sabía que lo deseabas, pero aún así, lo hiciste vivir un auténtico tormento... Que le llevó a quitarse la vida por mostrarte cuanto te amaba. - Durante su discurso la había puesto contra una pared, deslizando la diestra hacia una especie de interruptor, el cuál pilló de sorpresa a la joven pues sintió como un chorro de aquel preciado líquido comenzaba a salir a una presión bastante considerable de un pequeño agujero habilitado en la pared. Él la tomó de los hombros, volteándola y dejándola de cara a la pared, ayudándose de su propio cuerpo para dejarla pegada a la pared. Dejando que el incesante fluir de la sangre golpease y produjese un constante roce con su sexo. Haciéndole imposible a la princesa reprimir un gemido que destilaba placer y ganas de más, sintiendo sus piernas flaquear, aunque asida por las axilas del vampiro.
- Y por qué me haces esto... - Dijo entre gemidos.
- Considero que lo apropiado, princesa... Es que pruebes tu propia medicina... - Mordió nuevamente su cuello, aún sin romper su delicada, tersa y suave piel, deleitándose con su aroma, mezclado ahora con el de la sangre. Posó tras eso una mano en su vientre, la otra en su nuca, haciéndola sacar a relucir su perfecto trasero, sobre el cuál pronto pudo sentir la excitación y ganas del vampiro. - Y ten por segura que cuando salgas de aquí, si esque sales... Habrás aprendido una valiosa lección...
- Que te den... - Gime. Echandose un poco más hacia atrás, de forma inconsciente, buscando el contacto con el joven.
- ¿No crees que resulta un poco paradójico eso que acabas de decir...? - Sonrió ampliamente, echándose sobre ella, aferrando sus pechos, apretándolos, presionando y pellizcando sus pezones, llevando a su vez su palpitante miembro hasta la vagina de la princesa, sin posibilidad aún de darle el placer que tanto ansiaba y buscaba, pero recreándose y rozándose con ella, dándole a entender -Más aún si cabía.- toda su excitación y además, el conocimiento de que no todo sería tan fácil...
miércoles 12 de mayo de 2010
Cambio de tornas, capítulo 1.
De mano de
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Nombre del relato Cambio de Tornas capítulo 1.
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